
Por Marta GabaNo pocas veces, las organizaciones que tienen más necesidades y escasa o nula profesionalización, son las que tienen menores posibilidades a acceder al financiamiento (nacional o internacional). La falta de personal profesionalizado, la carencia de recursos edilicios, la ausencia de equipamiento tecnológico o el desconocimiento de la agenda de los actores claves a nivel internacional, mantienen a estas organizaciones alejadas de las fuentes que podrían colaborar en su desarrollo y cumplimiento de objetivos.
Existen proyectos para certificar OSC que, francamente, nos hacen pensar en que las organizaciones institucionalmente débiles estarán en peores condiciones respecto de las más fuertes para acceder a financiamientos. Es como sucede con las relaciones laborales: en las épocas de mayor desempleo, el acceso a los puestos disponibles exigen cada vez mayores calificaciones y, justamente, las personas que necesitan esos puestos son las que se encuentran en peores condiciones para conseguirlos.
Exigir a las organizaciones para certificar su calidad, profesionalismo y transparencia cierta antigüedad, la obtención de galardones, la correspondencia de sus actividades con alguna legislación extranjera, la titularidad de cuentas bancarias, suele confundir a algunos grupos que pueden sentirse excluidos de antemano.
Por supuesto, no se trata de igualar para abajo, sino de generar condiciones que faciliten el acceso a las organizaciones más necesitadas. La tendencia a refinar las herramientas y a complicar cada vez los marcos teóricos, la elaboración de propuestas cada vez más globales y la creación de conceptos que exigen seminarios y congresos para explicarlos, no facilitan las cosas.
Tal vez sea una buena opción reelaborar nuestra aproximación a las organizaciones, pensando más en ellas y sus prácticas, que en crear uniformes que deben vestir para ser miembros de.-
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